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Crece desorden en Puerto Nuevo

Por Juan Pablo Sebastián

Pese a los esfuerzos y gestiones de los restauranteros de Puerto Nuevo, el desorden en el ambulantaje, la invasión de la vía pública y la venta ilegal de bebidas alcohólicas, siguen siendo los graves problemas de ese lugar.

Con la llegada de la temporada de Semana Santa, también llegó el desorden, propiciado en parte por los mismos comerciantes establecidos que ambiciosamente insisten en invadir las estrechas aceras para exhibir sus productos y se niegan a controlar a sus “jaladores”.

Cuando llegan los inspectores de la dirección municipal de Inspección Verificación y Ordenamiento de Espacio Público, comerciantes, jaladores y personas que hacen negocio en la vía pública estacionando o “cuidando” vehículos, desaparecen  de la escena. Pero en cuanto termina el operativo todo el desorden vuelve a la “normalidad”.

Desde la entrada se observan las aceras obstruidas por artesanías, dificultando a los turistas caminar libremente.

Los que llegan en vehículos son acaparados por vivales que rentan las calles como estacionamiento. Otros de aspecto antisocial se dedican a limpiar los parabrisas de vehículos y desde luego aparecen los “jaladores” por todos lados, pese que recientemente los dos grupos de restauranteros acordaron regular esta actividad.

Un ciudadano que grabó en video a un sujeto que vendía licor en la vía pública, disfrazado como negocio de piñas coladas, fue agredido por éste.

El video muestra cómo el violento comerciante ambulante le tira un golpe al ciudadano y le pide que deje de grabarlo, amenazando con golpearlo y quitarle el teléfono.

El comerciante se había instalado primeramente en la entrada al museo interpretativo y posteriormente se bajó a la última calle del centro gastronómico, sin ningún permiso municipal.

El comerciante agresivo.

Al día siguiente de que el video circuló por las redes sociales, el comerciante desapareció.

Los que no han desaparecido son los ambulantes que invaden las aceras y las calles, así como los drogadictos y los jaladores que hacen de las suyas con los turistas.

“Es plan con maña de los empleados de los restaurantes de abajo. Muchos traen sus carros y los dejan estacionados aquí en las calles de la entrada para obligar a los turistas a bajar a los restaurantes de las últimas calles, porque no hay estacionamiento en la entrada”, dijo un restaurantero.

Para los restauranteros establecidos este descontrol se está volviendo cada vez más preocupante, por la llegada de sujetos deportados, viciosos y probablemente de nuevas inversiones de dudosa procedencia.

“Antes éramos 30 restauranteros. Ahora somos 34 los que estamos operando. Acaban de abrir tres restaurantes en la última calle. Uno de estos es muy grande, de varios niveles, pegado a la playa. No sabemos si les dieron los permisos para construir y tampoco sabemos dónde descargan sus aguas negras”, cuestionó un restaurantero.

ECOS Redaccion

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